Asociación Republicana Irunesa
"Nicolás Guerendiain"
Defensa de los valores republicanos y la recuperación de la memoria histórica

Relato ganador. (16 a 25 años). Autor: Jorge Berné Ortín

Cartel del concurso literario

Fotos y videos de la entrega de premios

REFLEXIONES

Hace ya algún tiempo que mi familia y yo estamos en esta situación. Sobrevivimos como podemos. Vivimos en un pequeño pueblo, mi padre se dedica a trabajar la tierra y mi madre trabajaba en una fábrica de la ciudad.

Un día, unos señores de la televisión dijeron que no había dinero, que se les había acabado. No supe en aquel momento como se les podía acabar el dinero a esos señores que viajaban tanto y que vestían trajes tan exquisitos y viajaban separados del resto de las personas, como si fuesen a contagiarles alguna enfermedad.

Recuerdo bien aquel día, cuando llegué de la escuela y en el que mi mente cambió por completo. Encontré a mis padres en la cocina. Mi madre, a pesar de negármelo, había estado llorando largo tiempo. Mi padre estaba junto a ella, con una mezcla entre rabia, tristeza y odio en la cara. Mi madre, me contó de una manera muy dulce que se había quedad sin trabajo. Al parecer, su jefe, uno  de esos señores de la televisión, le había dicho que él también se quedaba sin dinero, y que el sueldo de mi madre, junto con el de otras madres, era un gasto muy excesivo, y por eso tenía que pedirles que no fuesen más a trabajar. En el momento en que balbuceó su última palabra, rompió a llorar de nuevo, mientras mi padre la consolaba y le decía que todo iría bien. En aquel momento yo no comprendía bien la situación.

Ahora los años han pasado. Mi madre sigue sin un trabajo, salvo cuando le sale alguno que le dura un par de semanas. Mi padre trabaja de sol a sol todos los días, pues quiere que yo estudie, y que no tenga que pasar por lo que él ha pasado. Como no podíamos pagar la luz ni el agua, nos fuimos a casa de mis abuelos. Estamos un poco incómodos, ya que es una casa pequeña, pero aún así pasamos buenos ratos. Mi abuelo trabaja la tierra con mi padre, hay que decir que yo les ayudo mucho, y mi abuela hace las cosas de casa, cuida de mi hermano pequeño, etc. Mi abuela había sido maestra, pero ya es mayor, y ha perdido algo de fuerza, aunque su mente sigue tan clara como antes.

Mi abuelo fue conductor de un señor muy rico del pueblo, hasta que hace bastantes años, el señor lo echó por haber formado parte del primer sindicato que hacían en el pueblo desde hacía muchos años.

A pesar de las incomodidades, podría decir que tenemos una vida más o menos feliz. Mi madre sigue muy triste, y mi padre cada día va perdiendo su alegría que tanto lo caracterizaba. Se debe a los apuros que pasamos, y aunque él siempre lo niega, yo sé que es verdad.

Yo estoy pensando en dejar de estudiar, aunque mi familia dice que ni hablar, que yo debo estudiar duro para convertirme en un hombre de provecho y útil. Mis padres no pretenden que gane mucho dinero, ellos dicen que eso les da igual. Lo que quieren es que yo estudie para ser una persona culta, responsable, que ayude a los demás, sincera, que no me aproveche nunca de nadie, que antes de mirar por mi propio interés, mire también por los demás; que trate bien a todo el mundo, porque todos somos iguales. En esto último estoy muy de acuerdo con ellos. Me he dado cuenta de que somos todos iguales, en el colegio he podido ver que todas nuestras manos son iguales, que todos somos uno, y que sea donde sea, todo es igual, los señores del traje que salen en la televisión están en España, pero también en Perú, Francia, Italia, Ecuador, Mexico y todos los países del mundo. Todos somos iguales. En todos los países son siempre los mismos lo que pasan dificultades, y son siempre los mismos los que se aprovechan de los demás, engañándolos y embaucándolos con falsas ideas de riqueza.

La razón por la cual escribo este relato es para dar a entender a quien quiera escuchar, que todos somos iguales. Las diferencias entre las personas de este mundo son inventos, ideas impuestas para hacernos creer que somos distintos, para mantenernos separados. Pero he llegado a la conclusión de que no es verdad. Existirán mil diferencias culturales, las cuales debemos respetar siempre y no considerarnos por encima de ellas, puesto que todos debemos de ser tratados con igual respeto. Tenemos  que tratarnos entre nosotros con respeto, con igualdad, como si fuéramos hermanos. De esta manera, los señores de la televisión no tendrán nada con lo que tentarnos, no nos hablarán de sistemas que tenemos que mantener, manteniendo el sufrimiento humano. Si todos los que estamos en una situación parecida a la de mi familia, seremos mucho más fuertes que nadie, y podremos exigir que se nos dé lo que es nuestro, que no se nos robe lo que nosotros hemos cultivado, poniendo en ello todo nuestro sudor, esfuerzo  amor. Seremos capaces de pedir lo que es nuestro, de ser respetados, y de que no nos puedan dejar sin empleo y quedarnos en la calle solamente porque a los señores de la televisión no les llega el dinero para pagarnos tras haberse comprado un castillo. Pero esto es algo de lo que hablaré en otro momento.

Bien, ¿por dónde iba?. ¡Ah!, ya me acuerdo. Mis padres querían que estudie y que sea una buena persona. Tengo que deciros que voy al colegio público que está en la ciudad. Ya solo faltan dos años para que vaya a la universidad, la verdad, es que es una idea con la que me emociona bastante. El colegio no ha sido una experiencia muy…no sé cómo decirlo. Allí no quería aprender prácticamente nadie, y no dejaban aprender. Pero lo más sorprendente es que los profesores lo permitían, aunque no les quedaba otro remedio, porque a aquellos que reventaban la clase sin motivo no les decían nada, pero eso sí, un día la profesora me echó la bronca como nunca lo había hecho tan solo por haberle mencionado que un dato que aparecía en el libro de texto era incorrecto. La profesora comenzó a gritar como una loca que lo que yo decía eran tonterías y que me callase. Vaya, ahora resultaba que lo que había visto en cientos de libros era mentira, y que lo que nos cantaba ella era cierto. Creo que fue en aquel preciso instante cuando comencé a cogerle manía al colegio, y a plantearme el programa educativo que nos habían preparado unos señores muy importantes de la capital.

Después llegó el instituto y parecía que la mayoría de nosotros iba madurando. La verdad es que me sorprendió muchísimo escuchar a algunas personas que nos contaban que la universidad privada era lo mejor, y que aquellos que íbamos a ir a las públicas no íbamos a aprender nada, ni acceder a ningún trabajo relacionado con lo que estudiaríamos. Para ser sincero es que eso me ha parecido una solemne estupidez desde el mismo momento en que me lo dijeron, de hecho, prefiero mil veces más estar en una universidad pública. Muchos tal vez se pregunten por qué, y la respuesta es muy sencilla, por orgullo. Orgullo de demostrar que los pobres, aquellos que no hemos tenido demasiados recursos ni acceso a las facilidades de las personas adineradas, somos también capaces de estudiar y de conseguir lo que nos propongamos con nuestro esfuerzo. No necesitamos que nadie nos pague el título, somos completamente capaces de conseguirlo por nosotros mismos. Una persona que no tenga muchos recursos es tan capaz de hacer lo que sea como un rico, y eso es precisamente lo que quiero demostrar estudiando en un lugar público.

En fin, este es un pequeño resumen de mi vida. Podría contar muchas más anécdotas concretas, pero eso lo contaré otro día.

Resumiendo, lo que quiero decir con esto es que en realidad todos somos personas humanas, todos somos iguales. Y las diferencias que nos implantamos no son más que estúpidas invenciones del ente humano. Todos somos iguales. Y no debe de haber nadie que esté por encima de otra persona. Todas personas deben ser tratadas con los mismos derechos y las mismas obligaciones sin importar raza, origen, situación económica o cualquier otro hecho que nos hace diferentes. Por lo tanto, no es justo que haya personas que lo tengan todo y otras que vivan en la más pura miseria. Porque el caso de mi vida es grave, pero en otros lugares, los más pobres viven en la auténtica miseria, y aquí, en un país supuestamente desarrollado, cada día más familias terminan en la más absoluta ruina. Todo debido a la codicia y los engaños de unos pocos. Todo debido a nuestra mentalidad en la que uno vale lo que tiene, nuestra mentalidad donde todo aquello que no produce dinero no vale. ¿Acaso no produce maravillación la belleza de una montaña, o de un antiguo edificio? ¿No produce fascinación el canto de los pájaros o el poder escuchar una voz recitando la más bella de las poesías?

Señores y señoras, lo bello y lo bueno no son únicamente aquellas cosas que producen riqueza. Pero me estoy desviando un poco del tema. Lo que en verdad quiero decir, es que todos debemos de cambiar nuestra mentalidad, y tratar de ser mejores personas. Tratar de ayudarnos los unos a los otros, tratarnos con respeto, con igualdad. Que todas las personas sean libres de decir aquello que piensan, sin temor a ser represaliados. Tenemos que construir un mundo en el que todos tengamos derecho a vivir en paz con las personas que queremos. Tener derecho a  recibir nuestra justa y merecida recompensa tras el trabajo realizado. Recibir educación, pan y sanidad. Compartir de una manera justo lo conseguido. Unir nuestro esfuerzo con el del resto del pueblo y construir entre todos una sociedad nueva, pero siempre, insisto, tratándonos con respeto y como iguales.

Debemos tener derecho a decidir sobre nuestro futuro, sobre lo que queremos hacer y lo que queremos ser, pues es algo fundamental en una sociedad libre. Debemos de hacer que se nos escuche y se nos tenga en cuenta a todos. Que las decisiones que nos atañen y nos afectan sean tomadas por nosotros mismos.

Finalmente, pienso que tenemos que crear un mundo en el que seamos libres, iguales y capaces de tomar nuestras decisiones, pues el mundo que nuestros antepasados nos han dejado no es el mejor, pero hemos de intentar mejorarlo, reparar los errores, para que el mundo que les quede a aquellos que vengan tras nosotros, a nuestros hijos, nietos y demás generaciones, sea un mundo mejor. Que puedan recordarnos con alegría, y no con vergüenza.

Sé que habrá mucha gente que me dirá que esto que digo es imposible. Yo quiero contestar que no. No es imposible. Es muy duro, y lo sé, pero con esfuerzo, valor y trabajo, lo podemos conseguir. Tan solo tenemos que cambiar un poco nuestra mentalidad.

Y quiero decir una cosa más, hagámoslo pacíficamente, de esa manera, los señores de la televisión, aquellos que quieren que nada cambie y que todo vaya a peor no tendrán más opción que aceptar y cumplir con lo que pedimos, con lo que el mundo pide a gritos. Y todos sabemos muy bien lo que pide el mundo, porque es lo que pedimos nosotros: PAN, LIBERTAD, JUSTICIA E IGUALDAD.

Claudio